EDITORIAL
Crecimiento económico y desarrollo socioambiental
Cada año el clima parece ser más severo que el anterior. Así lo sugieren los incendios en Australia, el círculo polar Ártico, Europa, África Central, la Amazonia, los de Canadá de 2023 y California al iniciar 2025. En México, según datos de la CONAFOR, en 2020 la superficie quemada por los incendios forestales fue de 378, 930 ha, mientras que en 2024 fue de 1,672,216 ha. Organizaciones como Greenpeace sostienen que el cambio climático alimenta los incendios forestales y que las actividades humanas son responsables de la gran mayoría. No es ocioso decir que el clima es un indicador importante de la salud del planeta y que el equilibrio está claramente amenazado por la contaminación del aire, el suelo y el agua. Los grandes proyectos productivos y de infraestructura que incluyen la extracción de recursos naturales como los combustibles fósiles, rocas, minerales, agua y biomasa deben vigilarse meticulosamente, ya que la modificación de extensas áreas consideradas frágiles, incrementa la vulnerabilidad y el riesgo. También conviene aplicar esta vigilancia al crecimiento urbano, el cual avanza comúnmente hacia terrenos inadecuados y potencialmente peligrosos, o bien, desatiende tanto las normas de construcción y hace uso de materiales inapropiados. Además, el desarrollo de las sociedades busca su crecimiento económico a partir de la producción de bienes que involucran el uso creciente de materiales contaminantes, tales como algunos fertilizantes, pesticidas y plásticos. A lo anterior se suma la extracción desmedida de recursos naturales, principalmente de agua, y el cambio indiscriminado de uso del suelo. Igualmente, en estos tiempos de destrucción derivada de los hechos de guerra, los requerimientos de materiales pétreos y metálicos utilizados para esas acciones, así como los que se necesitarán para la reconstrucción, aumentarán sensiblemente la presión extractiva de recursos naturales diversos.
En un esquema distinto de percepción social se encuentra el sistema alimentario, cuya contribución al desequilibrio ambiental es posiblemente más difícil de estimar. Aquí es interesante observar que, según la FAO, el 3 por ciento de los grandes propietarios poseen el 74 por ciento de la superficie destinada a la actividad agropecuaria y son, además, quienes en mayor medida utilizan el modelo agroindustrial que incide en el medio ambiente de forma importante. Por ejemplo, el sector ganadero es responsable de gran parte de la deforestación al ampliar los pastizales para el ganado que de forma colateral expiden metano a la atmósfera, un gas de efecto invernadero que también contribuye perceptiblemente al aumento de la temperatura. Se estima que ya se ha usado casi el 50 por ciento del capital forestal del planeta, el principal consumidor de CO2 y pieza básica en el ciclo del agua.
Actualmente, la explotación de recursos naturales, minerales y de combustibles fósiles está tomando un rumbo poco deseable que habría de abordar de manera cuidadosa. Aunque las mineras cumplen con la normatividad aplicable y realizan obras en beneficio de las comunidades, su actividad no siempre es bien vista por la población, grupos ambientalistas y políticos, principalmente cuando se trata de minería a cielo abierto. Más del 60 por ciento de la extracción minera utiliza ese método, el cual ha generado numerosos conflictos socio-ambientales pues con frecuencia acarrea riesgos ambientales y de protección civil por las grandes dimensiones de las obras, por la cantidad de agua requerida y por las sustancias usadas para beneficiar los materiales. Un caso especial se observa en el ambiente marino porque se desconoce el impacto que la minería submarina puede causar a los ecosistemas y su entorno. Por ejemplo, la compañía Odyssey Marine Exploration, empresa estadounidense dedicada a la explotación de los restos de hundimientos de barcos, propone dragar el piso del Golfo de Ulloa en el Pacífico de Baja California Sur para explotar arena fosfática durante 50 años. El fosfato es utilizado para la producción de ciertos fertilizantes, pero al estrato rico en fosfatos del Golfo de Ulloa, cuyo espesor varía entre 4 y 7 m, le sobreyacen capas de sedimentos de hasta 3 m de espesor que se retirarían. Los potenciales daños ambientales por la remoción del piso marino afectaría la fotosíntesis marina por la dispersión de los sedimentos removidos, además de que debe utilizarse agua dulce para limpiar las arenas, entre otras actividades. La aprobación de un proyecto de minería submarina en México sentaría un precedente para otros desarrollos, principalmente en áreas de fondos marinos internacionales.
Finalmente, al tiempo que debemos pensar si no hemos rebasado los límites de crecimiento a partir de la explotación de recursos naturales, de acuerdo con distintas organizaciones, como Greenpeace, necesitamos aventurarnos por la economía circular y buscar la forma de recuperar y reciclar, sobre todo los metales y las sustancias que se desechan.
Publicado: 2024-08-23