EDITORIAL

Ser el tuerto en el país de los ciegos es muy fácil. En un país como el nuestro en el que los niveles de excelencia están muy poco -si es que acaso- poblados, es fácil caer en la tentación de sentirnos satisfechos con una mediocridad que después de todo nos coloca por encima de los demás. En un país como el nuestro, con un alto grado de analfabetismo y un nivel cultural promedio de tercero de primaria, cualquiera que pueda engarzar cinco o seis frases ya se siente poeta, o por lo menos piensa que puede hacer creer a los demás que lo es.
La ciencia, lamentablemente, no está excluida de este patrón. La actividad científica en los países del Tercer Mundo, específicamente en América Latina, tiene mucho de esta tónica de mediocridad recubierta de espuma para dar la apariencia de verdadero profesionalismo a un público que consideramos incapaz de juzgarnos de veras.
Aunque, como toda generalización, la afirmación anterior resulta injusta en algunos casos particulares, no podemos negar que en muchas ocasiones no nos esforzamos lo suficiente en hacer un buen trabajo científico, a conciencia de nuestra falta de cabalidad y con la tranquilidad que da el saber que si bien nosotros somos tuertos, los demás son ciegos.
Si los latinoamericanos fuéramos genéticamente impotentes para realizar el trabajo intelectual y físico que requiere la ciencia bien hecha, mejor haríamos en dedicarnos a la jarana. Pero esto no es verdad y muchos de nosotros hemos probado nuestras fuerzas trabajando con grupos científicos primermundistas y descubierto que podemos hacerlo tan bien y a veces, incluso mejor que ellos.
¿Por qué entonces cuando estamos en nuestro país no somos tan exigentes con la calidad y la eficiencia de nuestro trabajo? ¿Es la falta de presupuesto? ¿la escasez de infraestructura? ¿el ambiente de trabajo? ¿la falta de incentivos?... ¿Quién debe hacer algo? ¿ellos? ¿nosotros?
Deberíamos reflexionar un poco sobre esto y buscar soluciones en vez de pretextos; después de todo si tenemos la fortuna de tener dos buenos ojos, es injusto para nosotros mismos el andar por ahí haciéndonos pasar por tuertos.

Publicado: 1986-11-01