EDITORIAL
El ambiente académico en tiempos dificiles
La actuación de las clases dirigentes de nuestro país ante condiciones adversas es tan desconcertante que crea un ambiente de franca preocupación. No es éste un comentario nacido de la lectura de las notas de primera plana acerca de la suerte de periodistas, o de la captura de capos-funcionarios que mientras estaban en el ejercicio de sus puestos cometían fechorías y caminaban tan orondos por la calle. El tema aquí es la falta de imaginación y/o la ofensiva simpleza con que se reacciona a las predecibles amenazas económicas del presente año. No es fácil encontrar un calificativo preciso para tal simpleza y falta de imaginación. Desde septiembre del año pasado se anunciaba que se canalizarían 12.1 por ciento más recursos al pago de deuda, mientras que el gasto de inversión del gobierno, que debe leerse como crecimiento, sería 26.8 por ciento menor al aprobado para 2016. En su momento, ese anuncio significaba una reducción de 10.6 por ciento para Educación Pública (que aparentemente no incluye los bebederos para las escuelas), 10.8 en el ramo de salud, 30.7 en cultura, 29 en agricultura, 28 en comunicaciones y transportes y, al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, 23.3 por ciento menos que en el año anterior. Debería sobrar decir (pero no sobra) que al mismo tiempo se programaron incrementos para el Poder Legislativo, la Auditoría Superior, la Suprema Corte y otras dependencias imprescindibles, mismas que cualquiera pensaría que son capaces de detonar el crecimiento económico, social y cultural del país.
Entre los países que forman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el nuestro se encuentra en el último lugar en lo que se refiere a fondos destinados a la ciencia y tecnología. La proporción del PIB no ha pasado del 0.4 por ciento. De hecho, nuestro mejor año fue 2015, cuando disfrutamos de un 0.34 por ciento. Si el país está ante un escenario económico muy complejo, la reacción natural debería movernos hacia la suficiencia alimentaria y energética, hacia verdaderos cambios en el sistema educativo, hacia mejores programas de salud pública que, por ejemplo, contengan la dañina obesidad asociada con los alimentos chatarra. No es redundante afirmar que el costo del atraso y la ignorancia es mucho mayor que el monto de la inversión en investigación científica y en educación en general. Muchas páginas se han escrito en las que se describen las bondades de invertir en el conocimiento. Muchos ejemplos de países exitosos se han presentado en los que se resalta la aplicación de modelos diseñados en cada uno de ellos de acuerdo con su historia y su idiosincrasia. Nuestro país alguna vez lo hizo y tuvo ritmos de crecimiento notables que motivaron el orgullo nacional.
Publicado: 2016-03-01